Mientras Manrique (Medellín) enfrenta desalojos bajo un fuerte despliegue policial, Medellín proyecta turismo, grandes eventos y millonarias inversiones. La pregunta persiste: ¿transformación urbana para la vida o para quienes pueden rentabilizarla?
Mientras Manrique (Medellín) enfrenta desalojos bajo un fuerte despliegue policial, Medellín proyecta turismo, grandes eventos y millonarias inversiones. La pregunta persiste: ¿transformación urbana para la vida o para quienes pueden rentabilizarla?
La disputa por la ciudad también se libra en calles, plazas, parques y estaciones, donde miles de personas trabajan cotidianamente. En Medellín, el espacio público se tensiona entre su función social, el derecho al trabajo y su creciente aprovechamiento económico para turismo, grandes eventos y negocios privados.
En El Volador, más de 50 años de historia comunitaria chocan con el “progreso” del Metro de la 80: expropiaciones, desalojos y familias desplazadas. Una pregunta queda abierta: ¿desarrollo para quién y a costa de quién?
Antes de la invasión, predominaban la abundancia y la reciprocidad. La colonización impuso propiedad privada, mercantilización y explotación, expulsando pueblos de sus territorios. Hoy, sus herencias jurídicas aún reproducen la condición colonial bajo las llamadas soberanías nacionales.
La crisis que atraviesa la USO trasciende una disputa sindical, pone en juego su memoria histórica, su autonomía frente al poder corporativo y la defensa de Ecopetrol. El desafío es evitar que la resistencia obrera termine administrada por los intereses del capital.
Colombia enfrenta una nueva emergencia climática mientras persiste una deuda institucional, convertir la prevención y la gestión comunitaria del riesgo en una política pública efectiva. El incendio no puede seguir llegando antes que el Estado.
La ciencia advirtió durante décadas que el colapso climático podía evitarse. Sin embargo, las grandes potencias eligieron financiar la guerra, expandir el extractivismo y desacreditar la investigación antes que proteger la vida. La catástrofe ya no es una amenaza futura, es la consecuencia política de un modelo civilizatorio que decidió ignorar sus propios límites.