Trump y la Negación de una nueva realidad global.

Observatorio K.

Basta leer entre líneas la nueva “Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025”, recientemente publicada, para percibir el pulso inquieto de un poder que ve cómo su mundo se desmorona.

 

 

 trumpetero

Por: Alfonso Insuasty Rodríguez*

Aunque el documento se presenta como una hoja de ruta firme, racional, estratégica, su tono, sus silencios y sus obsesiones dejan al descubierto algo más profundo, Occidente está agotado, su hegemonía cruje, y la maquinaria imperial se acelera no por fortaleza, sino por miedo. Cada párrafo huele a urgencia. Cada afirmación de fuerza esconde una admisión tácita de fragilidad.

El texto insiste en que la preeminencia estadounidense debe “restaurarse”, “reafirmarse”, “protegerse”, como si el liderazgo global fuese ya un recuerdo del pasado que requiere un esfuerzo extraordinario para revivir.

Nombrar tanto lo que se quiere conservar revela el temor a perderlo. La estrategia reconoce, aunque sin decirlo abiertamente, que las coordenadas del poder global están mutando a velocidades que Estados Unidos ya no controla.

El ascenso de China, la expansión del Sur Global, la consolidación de alianzas alternativas como los BRICS, la erosión de las instituciones occidentales y el hartazgo planetario frente al intervencionismo han configurado un escenario nuevo en el que Washington ya no dicta las reglas.

Este desplazamiento se expresa en detalles significativos, la obsesión por mantener la ventaja tecnológica en campos como la inteligencia artificial delata que esa ventaja no existe como dato garantizado. La preocupación insistente por la navegabilidad del Mar Rojo, el Estrecho de Hormuz o el Estrecho de Taiwán evidencia que ya no hay espacios seguros, que el dominio marítimo global que desean mantener, hace agua.

La necesidad de “proteger el Hemisferio Occidental de influencias externas” retomar la vieja y readaptada burdamente Doctrina Monroe deja ver que el imperio no logra controlar una realidad y es que su “retaguardia” yo no lo es.

Es en este contexto donde el documento adopta un tono de urgencia que roza el desespero. Al romper con el multilateralismo, al insistir en la coerción financiera y tecnológica, la estrategia expone la consciencia de que el orden occidental se encuentra en su fase descendente. La decisión de concentrarse solo en lo “esencial”, en lugar de abarcar todo el mundo como solía hacerlo, no es un acto de eficiencia, sino una admisión honesta, Estados Unidos ya no puede estar en todas partes, ni controlar todos los frentes. La capacidad de supervisión imperial es limitada y hoy se encuentra sobrepasada.

Llama la atención que, para justificar este repliegue selectivo, el documento acusa a sus propias élites de haber debilitado al país al confiar en instituciones internacionales. Pero esta crítica no es otra cosa que el reconocimiento explícito de que el multilateralismo, creado por Occidente, se ha vuelto un terreno donde ya no tiene hegemonía. La ONU, la OMC, incluso la OTAN, ya no le son espacios funcionales. El mundo ha ido dejando de girar alrededor de Washington y de occidente.

Y aquí emerge lo que el documento no dice, pero deja en evidencia, Occidente está de salida con una Europa perdida en su egolatría. El colapso no es abrupto, pero sí inminente. No un colapso cinematográfico, sino estructural, pérdida de legitimidad moral, crisis económica sistémica, fractura interna, incapacidad de sostener la supremacía tecnológica, decadencia militar, crisis del capitalismo fósil y un deterioro ambiental que socava las bases mismas de su modelo civilizatorio.

Ante este panorama, la estrategia apela al músculo, no a la diplomacia. Cuando un poder pierde legitimidad, aumenta su uso de la fuerza. Esta ha sido siempre la ecuación imperial. Pero la fuerza, hoy, no alcanza. Puede retrasar cambios, pero no impedirlos, al tiempo y de manera contradictoria, son estas decisiones las que han ido acelerando esos cambios que quieren detener.

Mientras Estados Unidos intenta reanimar una hegemonía que ya no existe, el Sur Global irrumpe como actor histórico.

No solo por el ascenso de los BRICS, que reconfiguran la arquitectura económica del planeta, sino por algo más profundo, las luchas de los pueblos, campesinas, indígenas, afrodescendientes, ambientales, feministas, comunitarias, se están convirtiendo en la única brújula capaz de ofrecer alternativas civilizatorias frente a la debacle.

La crisis de Occidente no solo abre un vacío de poder, abre un horizonte de posibilidad.

América Latina, en particular, aparece en el documento como un territorio a controlar, disciplinar o cooptar. Pero esa obsesión revela otra realidad, la región importa nuevamente. Pero, ya no como patio trasero, sino como un espacio donde se disputa la transición hacia un orden no occidental. De ahí que Washington exija obediencia, porque siente que la pierde; amenace, porque su poder ya no basta y hable de restauración con insistente desespero.

La resistencia de Venezuela, Cuba, las posturas recientes de Colombia, México, cada una con sus trayectorias, tensiones y complejidades, junto con la alerta constante de Brasil, convertida en objetivo estratégico de esta política de contención frente a China, Rusia y el fortalecimiento de los BRICS, deja ver un nuevo momento.

Estas posiciones, diversas pero convergentes en su negativa a plegarse sin condiciones, son prueba del momento histórico global. Estas resistencias y alianzas no solo incomodan a la potencia estadounidense, sino que también abren grietas reales en un sistema que creía tener garantizada la obediencia del continente.

En contraste, desde abajo, desde los territorios, las economías populares, las soberanías comunitarias, se está gestando un proyecto distinto, no como un programa acabado ni homogéneo, pero sí es una dirección clara, desmercantilizar la vida, relocalizar la economía, defender los bienes comunes, reconstruir la política desde las mayorías, tejer alianzas Sur-Sur, descolonizar el conocimiento, asumir la crisis ecológica como límite civilizatorio.

Ese proceso, disperso pero creciente, es justamente aquello que el documento estadounidense no puede comprender ni nombrar.

El imperio corre contra el reloj para garantizar su dominación; los pueblos, para garantizar la vida alejando la extinción.

Es un tiempo de alta tensión, de cuidado extremo, pero también de incertidumbre fértil y esperanza concreta. Si el siglo XXI no será una repetición de la subordinación sino el inicio de otro horizonte. Occidente, agotado y aferrado a la fuerza, parece escribir sus últimos capítulos. El Sur Global, en cambio, empieza a escribir los primeros.

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