Protectorados Ampliados: La Nueva Cara del Imperialismo Global

Linea Territorio y despojo

Por: Alfonso Insuasty Rodríguez* / En un mundo fragmentado y de potencias emergentes, los protectorados ampliados se erigen como una estrategia imperial renovada. Al tiempo, la dispersión de conflictos refleja una guerra estructural por el control global.

 

 

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En la compleja realidad geopolítica contemporánea, el concepto de protectorados adquiere una nueva dimensión que no solo refleja la continuidad de relaciones coloniales en su forma más moderna, sino que también evidencia la dispersión de los conflictos globales como una manifestación de una guerra estructural.

Vivimos una rápida fragmentación del poder global y la reconfiguración del imperialismo estadounidense, cuyo modelo de control ya no se basa en la ocupación directa o el colonialismo de asentamiento, sino en nuevas formas de coacción económica, militar y diplomática que son más eficaces y menos costosas para las potencias hegemónicas.

De la Ocupación al Protectorado: El Neocolonialismo como Estrategia

García Linera define el protectorados como una estructura en la cual un Estado aparentemente independiente cede fragmentos clave de su soberanía a un poder más fuerte, normalmente una potencia imperial, que controla de manera indirecta las esferas estratégicas de la economía, las relaciones exteriores y las actividades extractivas del país subordinado.

Este modelo, que en sus versiones históricas más conocidas ha sido aplicable a territorios del Magreb, África y América Latina, se resitúa hoy como una forma contemporánea de colonialismo bajo la fachada de la soberanía formal de los países afectados.

Lo que originalmente se planteaba como una estructura de control directo, donde las potencias coloniales se apoderaban de los territorios, transformando los Estados en colonias de asentamiento o de explotación directa, ha mutado en el contexto actual en un tipo de “protección” que, lejos de ser un favor o un acto de benevolencia, implica una profunda fragmentación de la soberanía y el ejercicio del control sobre recursos clave a través de mecanismos indirectos, como las intervenciones militares breves, las guerras económicas y las ocupaciones de facto mediante la influencia política de las élites locales.

La función de las élites políticas locales, en este sentido, es crucial, ya que son ellas las que facilitan o consienten la extracción de recursos y la transferencia de riquezas hacia los centros de poder imperial, perpetuando la dependencia y subordinación a través de procesos de acumulación por despojo.

Esta nueva forma de colonialismo ha hecho que las potencias imperialistas, en particular Estados Unidos, hayan optado por un control más sutil pero igualmente efectivo, evitando los costos de ocupación prolongada que se asociaban a los modelos coloniales tradicionales.

Las bases militares, la deuda externa, la manipulación del comercio y la dependencia financiera son ahora las principales herramientas de subyugación, mientras que las potencias en ascenso, como China, desafían el orden geopolítico establecido.

La Fragmentación del Mundo: El Fin de la Hegemonía Unipolar y el Ascenso de un Nuevo Orden Multipolar

El contexto global en el que se inserta la idea de protectorados ampliados es un mundo cada vez más fragmentado. El declive de la hegemonía estadounidense, manifestado en la reducción de su participación en el PIB mundial y el aumento del poder económico y militar de China y Rusia, ha dado paso a un reordenamiento de las relaciones internacionales.

Esta nueva fragmentación del poder geopolítico no solo se ve reflejada en el resurgir de las tensiones entre las grandes potencias, sino también en el reavivamiento de la competencia imperialista, que toma forma en conflictos dispersos y multifacéticos, como los que se desarrollan en Ucrania, Irán y Venezuela.

En estos conflictos, como señala Rafael Poch de Feliu, lo que se está presenciando no son guerras aisladas, sino una sola guerra con múltiples frentes. La guerra de Ucrania busca debilitar a Rusia, un aliado clave de China, mientras que en Venezuela el objetivo es cortar el acceso de China a recursos estratégicos como el petróleo.

Irán, por su parte, es un eslabón fundamental en la conexión euroasiática, y su resistencia frente a la hegemonía occidental es vista como una amenaza para el dominio global de Occidente. Estas guerras, aunque aparentemente localizadas, son manifestaciones de una guerra estructural más amplia cuyo objetivo último es mantener el dominio imperial de las potencias occidentales frente al ascenso de nuevos actores globales, principalmente China.

Protectorados y Guerras Económicas: Un Nuevo Enfoque del Poder Imperial

Uno de los aspectos cruciales del protectorados ampliado es la centralidad del “poder económico duro” en la estrategia imperial contemporánea. Este poder, que se ejerce a través de sanciones económicas, bloqueos, aranceles y la manipulación del sistema financiero global, reemplaza a las tradicionales ocupaciones militares prolongadas. Es un poder que se ejerce desde el centro de las finanzas globales, utilizando la influencia que poseen los países imperialistas para restringir la capacidad de los Estados subyugados de tomar decisiones soberanas en su economía, en su comercio y en su política exterior.

En este nuevo orden de guerras económicas, la figura del protectorados se vuelve más relevante que nunca. Los países ricos, y en particular Estados Unidos, no solo buscan mantener el control de los recursos naturales estratégicos, sino también de los flujos de capital, las rutas comerciales y las decisiones políticas que afectan a sus intereses. Así, el proteccionismo económico y la intervención financiera se convierten en las principales formas de control, lo que hace que las “guerras arancelarias” y los “chantajes económicos” sustituyan a las confrontaciones bélicas directas como formas predominantes de confrontación imperial.

Un Nuevo Ciclo de Colonialismo y Soberanía Fragmentada

El retorno de los protectorados como una forma estructural de colonialismo no debe entenderse simplemente como un resurgimiento de prácticas antiguas. La naturaleza de la globalización neoliberal, las economías interdependientes y la capacidad de las grandes potencias para ejercer un control indirecto sobre los territorios han transformado esta dinámica en una forma mucho más compleja y sofisticada de dominio. Los conflictos hoy no son eventos aislados, sino manifestaciones de una guerra global estructural, que abarca tanto el ámbito económico como el político, y que se manifiesta en la fragmentación de la soberanía de los Estados.

El futuro, entonces, parece delinearse en torno a una reconfiguración de las relaciones de poder entre las grandes potencias y las regiones que han sido históricamente dominadas.

En América Latina, como en otras partes del mundo, los países se enfrentan al desafío de mantener su soberanía frente a un imperialismo renovado, que se expresa a través de las formas más avanzadas de control económico y geopolítico.

La clave para una verdadera liberación y autonomía en el siglo XXI radica, según García Linera, en una renovada agenda de soberanía nacional, anticolonialismo y regionalismo industrial, que desafíe las lógicas del neocolonialismo y promueva una integración regional basada en la justicia económica y política.

La crisis del modelo de hegemonía estadounidense y el ascenso de nuevas potencias como China y Rusia han creado un escenario geopolítico más fragmentado, pero también más complejo.
El protectorados ampliado y la dispersión de los conflictos son síntomas de un sistema global que sigue siendo profundamente desigual, donde la lucha por la soberanía, la autonomía y la justicia sigue siendo una de las tareas más urgentes del siglo XXI.

*Docente Investigador Universidad de San Buenaventura Medellin. Parte de REDIPAZ y grupo Kavilando.

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