‘Pérdida de la naturaleza y pandemias: un planeta sano por la salud de la humanidad’ Informe WWF

Linea Formación, Género y luchas populares

Por: WWF

Para evitar que en el futuro se repitan nuevas y terribles pandemias es imprescindible redoblar los esfuerzos para frenar la pérdida de biodiversidad y luchar contra el cambio climático, puesto que de esta lucha depende la salud de nuestro planeta y por tanto nuestra propia supervivencia. Tres metas debemos alcanzar: frenar la extinción de especies; acabar con la destrucción de hábitats y reducir a la mitad nuestra huella ecológica. 

 

 

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La irrupción de la Covid-19 ha alterado completamente nuestras vidas y está teniendo un elevadísimo coste sanitario, con decenas de miles de personas muertas en todo el mundo, pero también económico y social.

Sin duda, en estos momentos la prioridad es afrontar la emergencia sanitaria, detener la expansión del virus y luchar por salvar todas las vidas posibles. Pero después de la emergencia será necesario replantearse la prevención y lucha contra futuras pandemias.

Para eso es fundamental entender los procesos que pueden originar esta y otras epidemias globales que nos han afectado en los últimos años, asumiendo el vínculo entre la salud de las personas, los animales y los ecosistemas.

Nos encontramos ante una crisis de salud pública que en realidad está directamente vinculada a una crisis de la salud del planeta y de pérdida de biodiversidad. Su conservación y defensa es la garantía para prevenir futuras pandemias y hacernos más fuertes frente a las que vengan.

Solo tenemos un planeta y su salud está íntimamente ligada a la nuestra, y debemos aprender a cuidarlo. En el presente documento se apuntan argumentos en este sentido.

 

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LA DESTRUCCIÓN DEL PLANETA, UNA CLAVE EN LA PROPAGACIÓN DE ZOONOSIS

Los virus siempre han estado presentes en el ambiente. Sabemos que la fauna es un reservorio de enfermedades, muchas de ellas desconocidas, y pensábamos que adentrarnos en densas e impenetrables selvas y otros ecosistemas prístinos podría significar entrar en contacto con terribles enfermedades.

Pero ocurre justamente lo contrario. Los sistemas naturales inalterados reducen la posible transmisión de enfermedades, al estar “diluidos” los agentes patógenos entre la diversidad de especies (efecto de dilución) (6,7) , limitando también el contagio y la expansión.

En hábitats bien conservados, con gran variedad de especies y alto número de ejemplares, los virus se distribuyen entre las distintas especies, pero también tienen muchas posibilidades de acabar en alguna que bloquea su dispersión. Además, existen predadores que eliminan preferentemente los ejemplares más débiles y enfermos.

Todo ello contribuye a mantener controlados los efectos de posibles enfermedades en la propia población y a reducir notablemente el riesgo de transmisión a otras especies. La destrucción y alteración de la naturaleza debido al creciente impacto humano sobre los ecosistemas y la vida salvaje, combinado con el cambio climático, debilita los ecosistemas naturales y facilita la propagación de patógenos, aumentando el riesgo de contacto y transmisión al ser humano con los consiguientes efectos negativos sobre nuestra salud (8) .

En definitiva, el ser humano puede romper el equilibrio de los ecosistemas, que también incluyen patógenos potenciales, entrando en contacto directo con virus desconocidos que pueden ser letales para nuestra propia especie.

Debilitar la salud del planeta significa, pues, aumentar los riesgos de transmisión de nuevas y viejas enfermedades y, por lo tanto, supone poner en riesgo nuestra salud y nuestro futuro. WWF

ESPAÑA PÉRDIDA DE NATURALEZA Y PANDEMIAS. UN PLANETA SANO POR LA SALUD DE LA HUMANIDAD 2020 5 UN PLANETA ENFERMO Y ALTERADO

La bibliografía científica ha venido alertando en los últimos años de que estamos viviendo una pérdida de biodiversidad sin precedentes en nuestro planeta. Desde hace tiempo se habla de la sexta extinción masiva de especies(9) , la primera que se produce desde la de los dinosaurios, puesto que la tasa de desaparición de especies en el último siglo es 100 veces superior a la tasa natural estimada. Desde 1998 WWF alerta del descenso dramático de las poblaciones de vertebrados a través del Índice Planeta Vivo(10) .

Elaborado por WWF, en colaboración con la Red de la Huella Global y la Sociedad Zoológica de Londres, este índice analiza la tendencia de 16.000 poblaciones de más de 4.000 especies.

Según el último informe publicado en 2018, el planeta ha perdido un promedio del 60% de las poblaciones de vertebrados en poco más de 40 años (1970-2014). Recientemente, en 2019, el IPBES(11) (Panel Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas) presentó el informe más completo realizado hasta la fecha, con la participación de casi 500 científicos y la revisión de alrededor de 15.000 fuentes científicas y gubernamentales, y determinó que alrededor de un millón de especies de animales y plantas están ahora en peligro de extinción, un hecho sin precedentes en la historia de la humanidad.

Este informe también alertó de que tres cuartas partes del medio terrestre y el 66% del marino han sido alterados significativamente por las actividades humanas.

A esto hay que sumar el impacto del cambio climático. Las emisiones de gases de efecto invernadero se han duplicado en los últimos 30 años, lo que ha hecho que las temperaturas medias mundiales aumenten en 1°C en comparación con la época preindustrial, mientras que el nivel medio mundial del mar ha aumentado entre 16 y 21 centímetros desde 1900.

En definitiva, estamos destruyendo la naturaleza a un ritmo sin precedentes y con ello la red esencial e interconectada creada por los seres vivos, denominada biosfera.

Destruimos sus complejos equilibrios dinámicos y como consecuencia ponemos en marcha los mecanismos que contribuyen a la propagación de enfermedades infecciosas.

Los científicos de todo el mundo son conscientes de que entre las causas de la propagación de las enfermedades infecciosas emergentes, como el ébola, la fiebre hemorrágica de Marburgo, el SARS, el MERS, la fiebre del Valle del Rift, el zika y otras, hay factores importantes como la pérdida de hábitat, la creación de entornos artificiales, la manipulación y el comercio de animales salvajes y, en general, la destrucción de la biodiversidad(12) .

El camino que conduce desde la destrucción de la naturaleza hasta la aparición de una nueva enfermedad en el ser humano puede ser muy complejo y las interrelaciones entre los diferentes factores son múltiples. Sin embargo, hay una serie de factores importantes por su peso específico en estos procesos y que destacan por su notable impacto en la propagación de las zoonosis.

A. Pérdida de especies. La desaparición de especies o de poblaciones de las mismas altera notablemente las cadenas ecológicas y tróficas y reduce el control natural establecido por la propia naturaleza. Las primeras especies que suelen desaparecer son aquellas que más contribuyen al control de la propagación de vectores, normalmente especies predadoras o especialistas que dejan sitio a otras más oportunistas. Estos procesos están claramente ligados a otras enfermedades como el virus del Nilo, el síndrome pulmonar por hantavirus o la enfermedad de Lyme(13) .

En este último caso, la disminución de zarigüeyas en América ha favorecido el incremento de las poblaciones de roedores, como el ratón de pies blancos, normalmente infestados de garrapatas. Son estas las que transmiten la bacteria Borrelia burgdorferi que provoca la enfermedad de Lyme(14) a los seres humanos.

B. Destrucción de bosques y hábitats naturales. Se considera que los cambios en el uso del suelo y la destrucción de los hábitats naturales, como los bosques tropicales, son responsables de al menos la mitad de las zoonosis emergentes (6,15) .

Muchos de estos ecosistemas son el hogar de millones de especies, en gran parte desconocidas para la ciencia. Entre estos millones de especies desconocidas se encuentran virus, bacterias, hongos y otros organismos, muchos de ellos parásitos.

La destrucción de bosques intactos debido a las talas, la minería, la construcción de carreteras en lugares remotos, las urbanizaciones rápidas y el crecimiento de la población, además de la desaparición de especies, provoca que las personas tengan un contacto más directo con especies de animales a las que nunca se habían aproximado, y con ello a las enfermedades que puedan albergar.

La destrucción de bosques facilita la captura ilegal de estos animales, su tráfico y posterior consumo, a veces su venta en mercados a menudo ilegales, donde pueden estar en contacto con otras especies y con cientos de personas, lo que contribuye a la dispersión de los patógenos.

Enfermedades como el SIDA o el ébola (16) están relacionadas con la deforestación, la reducción de la superficie de hábitats naturales y la entrada en contacto del ser humano con los animales que constituían el reservorio de estas enfermedades, como murciélagos o primates.

 

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C. Tráfico de especies silvestres y de carne de animales salvajes. El comercio de animales salvajes y el consumo o contacto directo con restos de animales expone a los humanos al contacto con virus u otros patógenos de los que ese animal puede ser un huésped.

Este negocio ilegal(17) , que mueve entre 8.000 y 20.000 millones de euros al año, está llevando al borde de la extinción a cientos de especies de animales y plantas y es la segunda causa de pérdida de biodiversidad después de la destrucción de hábitats. Sin ir más lejos el pangolín, una de las especies citadas como presunto origen del coronavirus, es el animal más traficado del mundo, con más de 100.000 ejemplares al año.

Tras haber esquilmado las poblaciones de las cuatro especies de pangolines asiáticos por la demanda de los mercados orientales, los grandes consumidores de estas especies, este comercio ilícito ha centrado su atención en las cuatro especies presentes en África, donde cada año se capturan miles de ejemplares para ser transportados de forma clandestina a mercados ilegales de China y otros países asiáticos.

Pangolines y otros muchos animales salvajes viajan a lo largo de las rutas comerciales que conectan los continentes, lo que puede amplificar la propagación de los patógenos. En los países en desarrollo, pero también en los más desarrollados, existen mercados ilegales que ofrecen animales vivos, en muchos casos especies protegidas, en pésimas condiciones higiénicas y sanitarias(18) .

Además, la proximidad entre especies facilita la recombinación genética entre los diferentes virus y con ello el derrame(19) , es decir, la capacidad de infectar nuevas especies. El virus del SARS(3) , que causó más de 800 muertes y costó más de 80.000 millones de dólares en todo el mundo entre 2002 y 2003, surgió de los murciélagos, pasó a un pequeño mamífero, la civeta de las palmeras, y terminó infectando al ser humano en los mercados de animales vivos del sur de China.

D. Intensificación de la agricultura y la ganadería. En la actualidad, una tercera parte de la superficie terrestre del mundo y casi el 75% de los recursos de agua dulce se dedican a la producción agrícola o ganadera, con el impacto que supone para la conservación de los ecosistemas naturales.

La propia intensificación en la ganadería y agricultura constituye otro elemento de pérdida de biodiversidad por la disminución de razas locales o de variedades para los cultivos adaptadas a las condiciones de cada zona y criadas de forma más natural y sostenible.

Además, la forma en la que los animales de granja son criados en las producciones intensivas, con muchos ejemplares de una misma especie hacinados en espacios reducidos, contribuye también a la posible expansión de enfermedades porque reduce la respuesta inmune y aumenta la tasa de transmisión.

Un claro ejemplo de las enfermedades que se producen en este contexto es la gripe aviar(20) , una variedad de gripe cuyo reservorio natural son principalmente los patos salvajes, que son también los más resistentes a la infección.

No ocurre lo mismo con las aves de corral domésticas, mucho más vulnerables a esas epidemias de gripe fulminante, particularmente en explotaciones de alta densidad. De estas se han registrado transmisiones al ser humano. Además, el uso masivo de determinadas medicinas, como antibióticos en ganadería, para prevenir enfermedades contribuye a la creación de cepas súper resistentes(3) , lo cual no es un problema menor.

Cada año se producen en la Unión Europea más de 670.000 infecciones en humanos por bacterias resistentes a los antibióticos y la resistencia a los antimicrobianos produce unas 33.000 muertes anuales.

Esta resistencia genera a su vez un gasto de 1,5 millones de euros al año en costes sanitarios adicionales y pérdidas de productividad en la UE(21) . De esta forma, el modelo creciente de producción industrial de alimentos no solo impacta sobre los ecosistemas y los animales que los habitan, contribuyendo a la dispersión de enfermedades, sino que contribuyen a crear bacterias resistentes a los fármacos empleados hasta la fecha.

E. Aspectos sociales y culturales. Son muchos los aspectos de tipo social y cultural que se deben considerar: desde el crecimiento de la población humana en desigualdad de condiciones hasta la globalización y el aumento de los viajes, que permiten más interacciones y facilitan la propagación de estas enfermedades.

La concentración de muchas personas en grandes núcleos urbanos y sus alrededores constituye un escenario óptimo para la transmisión de enfermedades y los medios antrópicos degradados constituyen un nuevo hábitat para los virus emergentes. Así, los suburbios degradados de muchas metrópolis tropicales se transforman en el hábitat ideal para enfermedades peligrosas como el dengue, la fiebre tifoidea, el cólera y la chikungunya.

Además, los mercados de esas mismas metrópolis, ya sea en África o Asia, venden lo que queda de la fauna depredada: animales salvajes vivos, partes de monos y tigres, carne de serpiente o escamas de pangolines, creando así nuevas oportunidades para viejos y nuevos virus(22) .

CAMBIO CLIMÁTICO: EL SÚPER AMPLIFICADOR

El calentamiento global es un factor que desempeña un doble papel en todos estos procesos relacionados con nuevas enfermedades.

Por una parte, tiene un impacto directo por los propios daños que causa a la salud y, por otro, amplifica las principales amenazas que afectan a la biodiversidad y favorece la expansión de virus y bacterias, o de sus vectores, que prefieren ambientes húmedos y cálidos(23) .

La salud(3) de las personas y los sistemas sanitarios están pagando cada vez un precio más alto a causa de las condiciones de calor extremo. En 2019 las altas temperaturas que se registraron en Australia, India, Japón y Europa batieron todos los récords y afectaron negativamente a la salud y el bienestar de la población.

En Japón, una intensa ola de calor provocó más de 100 víctimas mortales y 18.000 ingresos hospitalarios adicionales. En Francia se registraron más de 20.000 visitas a urgencias para tratar dolencias relacionadas con el calor entre junio y mediados de septiembre, y durante dos importantes olas de calor se produjeron 1.462 muertes en las regiones afectadas.

El cambio climático también funciona como acelerador de algunos procesos destructivos o amenazas para la biodiversidad. Las olas de calor y los periodos con altas temperaturas prolongan las temporadas de riesgo de incendios, que cada vez son más voraces y destructivos, con la consiguiente pérdida de ecosistemas forestales.

También facilitan la aparición de determinadas especies en nuevas áreas donde pueden llevar enfermedades antes desconocidas o desaparecidas, es lo que se llaman “virus reemergentes”.

Esto puede ocurrir con determinadas aves, pero es especialmente notorio y dramático con varias especies de mosquitos o garrapatas, que suelen ser vectores y transmisores de virus y otras enfermedades.

Es el caso del mosquito Aedes, portador del virus del dengue y cuya incidencia mundial se ha multiplicado drásticamente en las últimas décadas, tanto que el riesgo de infección afecta a aproximadamente la mitad de la población mundial.

En 2019 se produjo un gran aumento en la cantidad de casos de dengue en todo el mundo. En el continente americano se identificaron más de tres millones de casos sospechosos y confirmados de dengue, incluidas 1.250 muertes. Entre agosto y octubre, el 85% de los casos fueron reportados en Brasil, Filipinas, México, Nicaragua, Tailandia, Malasia y Colombia(24) .

Debido al calentamiento global el hielo de todo el planeta se funde y libera gases, pero también virus de distintos tipos que han permanecido siglos retenidos. La fusión de un glaciar chino(25) podría liberar 33 especies de virus, 28 de ellas completamente desconocidas para la ciencia y con potencial de infección a humanos.

Algo similar ocurre cuando se derriten los suelos permanentemente congelados (permafrost) de las zonas boreales, tal como se vio por ejemplo en 2016 con los brotes de ántrax en Rusia(26) . Es probable que no se trate de casos aislados y haya otros virus y bacterias enterrados bajo el hielo.

ZOONOSIS: ENFERMEDADES DE ORIGEN ANIMAL

Desde que a finales del año pasado aparecieron los primeros casos de Covid-19 en la provincia china de Hubei, se ha especulado mucho sobre su origen.

Todavía no se conoce con certeza su procedencia, aunque el reservorio natural más común de este tipo de virus son los murciélagos(1) .

Diferentes estudios están ahora intentando encontrar la especie intermedia que puede haber hecho que el virus salte a los humanos y, aunque el pangolín está en el punto de mira, aún no se ha podido demostrar de manera concluyente.

Los pangolines son unos animales muy amenazados y ampliamente consumidos en los mercados chinos, cuyo comercio internacional está prohibido. Aunque se ha confirmado que algunos pangolines malayos (Manis javanica) confiscados en China eran portadores de unos virus similares a los de la Covid-19(2) , lo cierto es que no se ha podido analizar el material presente en el mercado de Wuhan, donde además ni siquiera hay certeza de que se vendieran pangolines.

En definitiva, en la actualidad se sigue sin saber el origen preciso de este virus, más allá de que su aparición está ligada al mercado de animales de Wuhan y de que se trata de una zoonosis, es decir, una enfermedad que se ha transmitido desde un animal al ser humano. Las zoonosis conocidas son muy numerosas, más de 200 según la OMS(3) , y entre ellas están la rabia, la leptospirosis, el ántrax, el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS), el Síndrome Respiratorio de Medio Oriente (MERS), la fiebre amarilla, el dengue, el SIDA, el ébola, la fiebre chikungunya y la Covid-19, pero también la gripe común. El ser humano ya ha tenido que enfrentarse a zoonosis que han determinado el curso de la historia, como la peste bubónica, transmitida a nuestra especie por las pulgas de algunos roedores, como las ratas, y causada por la bacteria Yersinia pestis, que mató a la tercera parte de la población europea en la Edad Media. Más del 70%(4) de las enfermedades humanas en los últimos cuarenta años han sido transmitidas por animales salvajes. El ébola, el SIDA, el SARS, la gripe aviar, la gripe porcina y la Covid-19 (producida por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2) son algunos de los ejemplos más claros.

Las zoonosis causan alrededor de mil millones de casos de enfermedades y millones de muertes cada año. Por todo ello se considera que las zoonosis transmitidas por animales silvestres podrían representar la amenaza más importante para la salud de la población mundial en el futuro.

La propia OMS ha incluido la llamada “enfermedad X”(5) en su listado de los patógenos infecciosos que representan una mayor amenaza para la salud global por su potencial epidémico.

Se trataría de una epidemia internacional muy importante debida a un patógeno todavía desconocido, pero probablemente de origen animal, que podría aparecer con efectos devastadores. El SIDA, por ejemplo, fue considerada una enfermedad X.

LA SOLUCIÓN: CONSERVAR EL EQUILIBRIO Y LA SALUD DE NUESTRO PLANETA

Para evitar que en el futuro se repitan nuevas y terribles pandemias es imprescindible redoblar los esfuerzos para frenar la pérdida de biodiversidad y luchar contra el cambio climático, puesto que de esta lucha depende la salud de nuestro planeta y por tanto nuestra propia supervivencia.

En este sentido, en la última década se ha desarrollado a nivel global un movimiento llamado One health(27) que defiende que la salud de los seres humanos está íntimamente ligada a la de los animales y del medio ambiente.

Esta iniciativa, reconocida por múltiples organismos internacionales, expertos e investigadores, propone un enfoque multidisciplinar para afrontar los riesgos que se generan entre nuestro entorno de vida y de trabajo, las poblaciones de animales (domésticos y salvajes) y los diferentes ecosistemas.

Solo reconociendo que nuestra salud y bienestar están íntimamente ligados a los de la naturaleza y el planeta donde vivimos podremos proteger a nuestra especie de los efectos más nefastos de futuras pandemias.

Invertir esfuerzos y recursos para garantizar la transición ecológica y cambiar el modelo actual significa invertir en un planeta más sano y resiliente a la aparición de nuevas y letales enfermedades, entre otras muchas cosas.

Para ello es necesario frenar la extinción de especies abordando las principales amenazas: la persecución y sobrexplotación, la contaminación, las especies exóticas invasoras o el tráfico de especies. Un esfuerzo especial debe ir destinado a combatir el tráfico de especies, aplicando rigurosamente la normativa internacional sobre todo en países claves como Vietnam o Mozambique y cerrando los mercados de carne silvestre donde se comercia de forma ilegal con muchos animales.

Además hay que conservar los ecosistemas naturales poniendo freno a las actividades más agresivas y apostando por modelos de gestión y explotación sostenibles.

Al mismo tiempo es necesario incrementar la superficie de áreas protegidas y de zonas con una gestión sostenible de los recursos hasta llegar a cubrir la mitad del planeta, apostando por restaurar los hábitats más degradados. Salud ambiental Salud animal Salud humana Una sola salud

Es imprescindible luchar contra el cambio climático y evitar una subida de temperatura global superior a 1,5°C y para ello hay que acelerar la transición energética hacia una economía descarbonizada con medidas urgentes para conseguir una energía 100% renovable y un transporte y una alimentación sostenibles.

En la actualidad la humanidad consume recursos naturales como si tuviésemos 1,6 planetas a nuestra disposición, acumulando un déficit ecológico cada vez mayor. Es imprescindible reducir nuestra huella ecológica y garantizar que no consumimos más recursos de los que el planeta es capaz de generar.

Ese cambio que necesitamos pasa por adoptar muchas medidas, pero una de las más importantes es cambiar el modo en que producimos y consumimos nuestros alimentos, una de las principales causas de pérdida de biodiversidad y de destrucción de los ecosistemas a escala global.

De hecho, a lo largo de 2020 estaba prevista la celebración de una serie de encuentros internacionales claves para definir los objetivos políticos, los planes de acción y los recursos disponibles para la próxima década para abordar los retos antes mencionados, a saber:

  • La 75ª Asamblea General de Naciones Unidas y la Cumbre sobre Biodiversidad en la que los jefes de Estado deben adoptar una declaración sobre la década de la biodiversidad y revisar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) relacionados (prevista para septiembre de 2020 en Nueva York, Estados Unidos).
  • La 15ª Conferencia de las partes (COP 15) del Convenio de Diversidad Biológica (CBD), en la que se deben establecer las metas de conservación de la biodiversidad para la próxima década (prevista para octubre de 2020 en Kunmig, China; retrasada).
  • La 26ª Conferencia de las partes (COP 26) de la Convención Marco sobre Cambio Climático (UNFCCC) en la que se debe avanzar en las medidas necesarias para garantizar el cumplimiento de protocolo de París (prevista para noviembre y retrasada hasta la primavera de 2021 en Glasgow, Reino Unido).

La crisis del coronavirus ha alterado la celebración de todas estas conferencias. Este lógico retraso supone un claro riesgo de posponer la necesaria toma de decisiones para abordar correctamente los retos mencionados.

Sin embargo, ahora más que nunca, es necesario seguir manteniendo la acción multilateral para adoptar un conjunto de nuevas políticas para la próxima década, que nos permita garantizar la salud del planeta y por tanto la salud de todos los seres vivos, incluido nosotros, el ser humano.

Para garantizar que se consigue este objetivo, WWF está pidiendo a los gobiernos de todo el mundo, pero también a líderes políticos y empresariales, a expertos, científicos y ciudadanos que se sumen(28) al Acuerdo para la Naturaleza y las Personas y se comprometan a impulsar un cambio en las políticas y en el modo que vivimos, de manera que para 2030 podamos alcanzar tres grandes metas: frenar la extinción de especies; acabar con la destrucción de hábitats y reducir a la mitad nuestra huella ecológica. Solo así podremos conseguir un planeta sano en el que los seres humanos podamos vivir sanos.

En Europa este cambio de políticas está englobada en la propuesta lanzada por la Comisión Europea de impulsar un Pacto Verde Europeo(29) (European Green Deal) que constituye una hoja de ruta para dotar a la UE de una economía sostenible y para hacer frente al cambio climático y a la degradación de los recursos naturales.

Ahora más que nunca es necesario seguir impulsando este Pacto y apostar por políticas que permitan reducir nuestro impacto sobre la biodiversidad y poner freno al cambio climático como el mejor antídoto frente a futuras pandemias.

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