El león rugiente que atemoriza a Jericó (Antioquia-Colombia)

Linea Territorio y despojo

Por: Alfredo Molano Bravo- El Espectador

Última entrega del recorrido del sociólogo y escritor, que se sentó a oír a los campesinos que se oponen a la multinacional AngloGold Ashanti en corregimientos como Palocabildo. (encontrará además, la entrega uno y dos de este especial)

jerico

Las vías no son hoy los caminos amarillentos de los que hablaba León de Greiff. Son carreteras estrechas, sí, pero pavimentadas. Y los pueblitos son silenciosos y amables cuando no hay mercado ni fiestas. Porque los domingos la música de despecho anda de cantina en cantina. Para llegar a Jericó se puede pasar por Palermo, un corregimiento pequeño y acogedor donde hay buen tinto a toda hora. La zona baja del corregimiento es ganadera y cafetera. En uno de los cerros que le ponen pecho al valle del río Cartama se construyó un gigantesco monumento al Salvador. En las cimas del suroeste no puede faltar una estatua de Cristo o de la Virgen dominando los caseríos.

En Palermo se originaron las mayores manifestaciones de oposición al proyecto minero. El día que llegó la empresa Solvista con empleados, maletas, equipos y enseres, el pueblo salió a la calle y no los dejó ni bajarse. Se devolvieron con el rabo entre las piernas. Al día siguiente la empresa hizo un nuevo intento de sentar reales en Támesis y también fueron expulsados. De tales rechazos nacieron los movimientos de resistencia a la minería.

La carretera se trazó siguiendo la cota que divide la zona de la cafetera, donde hay grandes invernaderos de gulupa; parece que el clima de esa frontera es ideal para el cultivo de esta frutilla, que tiene poco mercado en Colombia pero una sostenida demanda en el exterior. Hoy hay cientos de hectáreas de gulupa, pero en el futuro podrán ser miles. Lo mismo sucede con el aguacate. Los cultivos se han multiplicado geométricamente como insumo para la extracción de aceite, que también tiene un activo mercado. Son cultivos comerciales, tecnificados con numerosa mano de obra, gran parte contratada fuera del municipio. Observando las grandes diferencias técnicas, y sobre todo culturales, que existen con el cultivo del café, llegamos al corregimiento de Palocabildo, Jericó, donde conversamos con un grupo de pequeños caficultores desde un extraordinario mirador que domina la histórica ruta de la colonización antioqueña hacia el sur. Son campesinos de sombrero aguadeño –muy distinto a los de los caballistas de Uribe–, con vestidos de trabajo remendados y manchados, cuyos abuelos llegaron de La Estrella, Fredonia, Amagá. O “del Oriente”.

La empresa minera –“o las empresas, dicen, porque se disfrazan unas con otras”– llegó sin saber cómo. Entraron. La gente se intrigó. Curioseaba, miraba, hacía cábalas. Preguntaron a las autoridades y éstas, cómplices, dijeron no saber nada. Eso les dio autorización implícita para averiguar por sus propios medios. Y los encontraron: un día que los vieron venir, se sentaron en la trocha del Achiro y Quebradona, por donde tenían que pasar, y no pasaron. Pero dijeron qué hacían: “Exploramos yacimientos de metales”. Mejor dicho, dijeron los campesinos: buscan oro. Agregaron que estaban interesados en comprar tierra. Les respondieron que podrían venderles apenas unos bultos. Así se cerró el primer capítulo.

Volvieron con el argumento de que no necesitaban la tierra en bulto, sino que ellos mismos la sacaban, e instalaron la primera plataforma, como dio en llamarse el lugar desde donde abren el agujero para extraer muestras del subsuelo, que, les aclararon a los campesinos, “es de la Nación y con ella es que tratamos y contratamos”. Entonces convocaron un foro organizado por la AngloGold, pero citado por Corantioquia. “Eso sí nos dolió. Y más cuando trataron de comprarnos con una gaseosa. Hasta habría sido bien recibida agua de panela con limón, que es lo que tomamos por aquí”. Ahí conocieron a la experta en desarrollo de la comunidad –la que ofrecía la gaseosa–, que llamaron la “Margaritica”, encargada de abrir a los campesinos las luces del entendimiento para que comprendieran los beneficios del desarrollo. Comenzaba preguntándole al primer pipiciego que se dejara: ¿Sabe usted de que están hechas sus gafas? Pues de un material que no dan las semillas sino las minas. La riqueza no se deja enterrada”.

En la vereda de La Soledad, donde viven los pequeños caficultores con los que hablé, el memorial de agravios comienza por los daños hechos por las perforaciones al agua. “Son 1.500 metros –o más– de hueco que rompen los cauces de los ríos subterráneos, botan las aguas para otros lados y secan las nuestras”. Citan el caso de La Aurora, donde una perforación acabó dos lagunas que no se secaban ni en el verano más verano. “Donde hacen un hueco, el agua se esconde”. “En Palermo –rematan–, con el invierno, no han repuntado las aguas”.

Se sienten despojados por la cínica utilización de un símbolo emblemático de la región, El Quebradona –“nuestro salto de Tequendama”– como nombre y logo de la nueva socia de la Anglo, la Minera La Quebradona. Los campesinos me hicieron un inventario de la orografía de la región y señalaron los sitios donde el agua se “ha debilitado” o se ha profundizado.

Temen que la escasez de agua acabe con el café y con su historia. Fueron explícitos sobre las plataformas, que son en punto de apoyo de los taladros, al lado de las cuales cavan piscinas donde depositan los lodos contaminados con poli-plus y pentonita que sacan a la superficie en depósitos que luego tapan sin tratar ese barro gris y baboso. Entre 2008 y 2015 se abrieron 110 pozos con profundidades entre 300 y 2.000 metros. Y en 2016 y 2017 planean hacer 16 más con profundidades de 200 a 1.100 metros.

Temen no sólo los “efectos mortales” que para la economía del café traería la disminución de nacederos y el agotamiento de las quebradas, sino lo que ya sienten cada vez que necesitan obreros. La compañía contrata entre 80 y 100 trabajadores con un sueldo básico de 900.000 pesos más prestaciones. Son condiciones que de hecho disminuyen y encarecen la oferta de mano de obra. El café –me explicaron– permite sostener las fincas, pero no hacer capital. La política de la Federación de Cafeteros consiste en crear variedades amarradas a “paquetes tecnológicos” que si bien aumentan la productividad, requieren mayores gastos.

Si a esto se suman los cambios que conlleva la creación de un mercado de jóvenes foráneos que viven y consumen en los pueblos, se comprende por qué los campesinos temen que “esto se llene de putas y de droga”. Citan un hecho contundente: no hay una sola zona minera donde la gente no viva en el despelote: El Bagre, La Loma, Becerril. En pocas palabras: “Amenazan el café, nos quitan el agua y llenan la región de putas y ladrones”.

Los campesinos de Palocabildo han sostenido una pelea dura contra las empresas asociadas a la AngloGold Ashanti, que ha llegado a situaciones peligrosas. La policía, cada día más a favor las mineras, les ha confiscado herramientas como los machetes. Una vez, el Ejército –Batallón Nutibara, con el que las mineras colaboran– desaseguró los fusiles en un acto de clara intimidación.

La fuerza pública les pide la cédula a los manifestantes, cuyos nombres pueden terminar en manos de las empresas de seguridad o –casos se han visto– en los computadores del paramilitarismo. Se dice que van a llegar los “carros negros”. Hay crueles recuerdos de esas caravanas que pistoleteaban a los basuqueros. En un tiempo dominó la región Caliche, cuya función era cobrar vacunas. Parece que estuvo vinculado al Bloque Cacique Pipintá, dirigido por Ernesto Báez.

La otra estrategia de las empresas han sido las coimas y regalos, que en realidad son sobornos sociales. La empresa busca corromper las comunidades “creándonos necesidades: baños en porcelana, tejas, ampliación de alcobas, cocinas integrales. En los colegios –Normal, colegios de San José y de Palocabildo– les regalan a los niños balones, mochilas con nombre propio. Tratan de ganarse a la niñez y a la juventud corrompiéndolos y empujándolos contra sus padres.

Las reflexiones campesinas me dejaron caviloso. Pasamos por el colegio de Palocabildo, un moderno edificio donado por una sociedad amiga de la minería, y nos detuvimos frente a las instalaciones de la minera Quebradona. Salido de no sé dónde, se nos acercó un vigilante privado, armado, que se comunicó por radioteléfono. Al lado de una gran pancarta había un pequeño vivero de plantas aromáticas. Seguimos nuestro camino. A la entrada a Jericó, un par de agentes de policía en motocicleta nos esperaban. Nos pidieron identificación y que los acompañáramos a la estación. Allí, volvieron a pedirnos la cédula, que miraban por un lado y otro y apuntando con una pasmosidad extraña los datos, a la vez que preguntaban: nombre, edad, estado civil, profesión u oficio y por fin la pregunta verdadera: ¿Y qué hacían los señores por estos lados? En fin, una reseña oficial. Quedamos, pensé, en los computadores de la Quebradona.

Jericó, cuna de la primera santa colombiana, Laura –de la que soy rendido admirador–, es un pueblo que siente por la catedral y sus edificaciones algo solemne y a la vez amable. Casas altas con balcón y aleros, bien conservadas y de colores alegres; calles anchas, tinteaderos donde se “ranea” y se hacen negocios, y gente que parece tan ocupada como desocupada. Es un pueblo uribista. Desde su fundación en los días en que se abolió la esclavitud es gran productor de un café que da “de buena taza”; ganaderías extensas y cultivos de cítricos, cardamomo, gulupa y aguacate. Cuna de José Restrepo Jaramillo, político y escritor liberal perteneciente a la generación de Los Nuevos, como Alberto Lleras y León de Greiff; del novelista Mejía Vallejo y de mi admirado Héctor Abad Gómez, que me reclutó para trabajar en el Incora en el año 1968. Me reuní con activistas del movimiento contra la minería, con el alcalde y con el señor obispo.

En Jericó en varias ocasiones la Mesa Ambiental ha sido epicentro de masivas manifestaciones de protesta y denuncia organizadas por COA, que lleva cabo numerosos eventos: foros, cabildos abiertos, consejos de concejales, vigilias por defensa del territorio, marchas, plantones, cacerolazos, caminatas, encuentros de jóvenes e indígenas, escuelas de la sustentabilidad, alianzas con medios locales de comunicación social, programas radiales, acuerdos con acueductos locales, alianzas con organizaciones regionales, departamentales y nacionales; talleres veredales de capacitación, travesías municipales “Abrazo a la montaña”. Todas actividades encaminadas a promover una consulta popular. Un movimiento que las mineras temen y por eso han diseñado siniestras estrategias para dividir la población del Cinturón de Oro.

“Veníamos de la reunión de Palocabildo cuando entrando a Jericó vimos un enorme león dorado. Un monstruo. Creímos que iban a dar la película El rey león. Lo paseaban; los pelaos corrían tras él y se hizo un bullicio que parecía en ferias. ¿De qué se trata esta propaganda? Estábamos muy intrigados. Hasta que alguien dijo: pues mire el logotipo de la AngloGold Ashanti y encontrará el simbolismo. Tal cual: un león rugiente. Y lo peor, agregó, había sido mandado hacer por dos profesores que la empresa había invitado al Brasil a “conocer una explotación minera responsable y limpia, un modelito que tienen para mostrar”. El dispositivo propagandístico ha ido mucho más allá: financia el transporte escolar, convenido con el anterior alcalde, que ha dicho que no quiere ver más campesinos, que lo que se necesita son empresarios. Los tentáculos llegan muy adentro: Corantioquia trajo una muestra de botellas con agua recogida en La Colosa para mostrar que la minería es respetuosa de las aguas. Lo que no notó la entidad fue que a los tres días el agua estaba turbia. Pero sin duda la técnica de ablandamiento más perversa fue la distribución en las escuelas de la región de cartillas que dicen: “Imagina un niño canicas, balones, bicicletas y trompos. La minería da casas, ollas, pupitres, camas. ¿Y si siendo joven no tuvieras patines, motos, bicicletas?”. Y finaliza: “Todo lo que no se cultiva, surge de la minería”. La minera no tuvo escrúpulo al convocar un plebiscito con niños de primaria para que votaran sí o no a la minería, después de haber circulado y “socializado” la cartilla por los maestros y maestras.

De la conversación con monseñor Noel Antonio –un obispo que después de la misa de 7 de la mañana conversa con los fieles en el atrio de la catedral– me quedó retumbando una frase: “Minería sí, pero no así, ni aquí”. Su palabra tiene una profunda fuerza en una región tan católica y tan tradicional como es el suroeste antioqueño.

tomado de: http://www.elespectador.com/noticias/nacional/el-leon-rugiente-que-atemoriza-jerico-articulo-688632

 

LA GRAN MINERÍA EN EL SUROESTE DE ANTIOQUIA (II)

Por: Alfredo Molano Bravo. El Espectador

Antes de la AngloGold Ashanti había llegado la empresa B2Gold, para la exploración de yacimientos de oro, zinc y otros metales, y después la Kedahda. El problema se extendió a Quinchía, Marmato, Jardín, Caramanta, Valparaíso, Tarso, Jericó.

tamesis

 “En el alto de Otramina, ganando ya para el Cauca”, donde el poeta León de Greiff "se topó con Martín Vélez en qué semejante rasca”, comienza lo que con tanta gana llaman los antioqueños El Suroeste. En el Relato de Ramón Antigua (1926-1927), el viejo León baja “jumao” con sus amigos hasta Bolombolo –“país del sol sonoro”–, cuando trabajaba en la construcción en el Ferrocarril de Amagá, con el que el cultivo del café se arraigó y se impuso en la región. Hoy se construye una autopista de cuatro carriles que comunicará Medellín con la que será la continuación de la carretera Panamericana, que se unirá en Dabeiba con la Carretera al Mar. (Lea la primera parte: Lo que la gran minería destrozaría en el suroeste de Antioquia)

Se conectarán así dos colonizaciones muy distintas: la cafetera del suroeste –pacífica y amable– y la conflictiva y violenta del noreste, basada en la gran plantación de banano. Al pasar el Cauca, que el poeta llama Bravucón, su nombre de pila, entramos en las “tierras calientes” que han sido ganaderas pero ahora son ganadas por grandes cultivos de cítricos para exportación.

Trepamos hasta Támesis, donde nos esperaban dos arriesgados críticos del proyecto de explotación de oro y otros metales de la AngloGold Ashanti. Nos sentamos en la plaza, bajo las araucarias –altas y simétricas–, dando la espalda, claro está, al busto de Mariano Ospina Pérez –presidente de la República 1946-1950–. A un costado del marco de la plaza están los bustos de Pedro Orozco y Rafaela Gómez, su mujer, fundadores del pueblo. Orozco, de Sonsón, negoció un globo grande en lo que fue la Concesión Echeverri a don Gonzalo Santamaría; trazó el pueblo, comerció con mulas en el camino a Marmato y se enriqueció.

Támesis es una tierra cafetera que amanece cubierta de niebla. Por eso, dicen, se llamó como el río de Londres, siempre nublado. En la parte alta, que comparte con Jericó, comenzaron en 2003 los trabajos de exploración minera. La gente se intrigó cuando llegaron personas desconocidas a tomar muestras de tierra y de agua. Iban y venían sin saludar ni pedir permiso. Se decía que se trataba de la construcción de una represa con las aguas del San Juan. O mejor de varias, dijo alguien: Son las licencias para la construcción de 11 microcentrales en los ríos que nacen en el Paramillo y los Farallones del Citará. Una amenaza seria porque en la región hay 28 acueductos comunitarios con más de 1.000 viviendas. Coincidió el rumor con los primeros pasos que se daban en Medellín hacia la privatización de las Empresas Públicas Municipales, entidad tan querida por la gente como codiciada por los políticos. El problema no sólo era de agua para consumo humano, sino también, y sobre todo, para el riego y el beneficio del café.

La región se enorgullece de tener “un agua tan pura que se puede tomar en la regadera” y que consideran el secreto de la calidad del café. “Sin esa agua, no hay café”. Sandra, una mujer pequeña y fuerte, contó que su abuelo había llegado a jornalear, se hizo a una parcela comiendo vitoria, petacos y cidra hasta que chapoleando levantó un cafetal con ayuda de sus 13 hijos. Era café sombreado con guamo que daba dos cosechas: la de año y la traviesa, ricas de variedad borbón, que “daba muy buena taza, o sabor”. Construyó una casa de guadua y zinc, “donde nos crio hasta a nosotros”. “Éramos una manada de pelaos que jugábamos a quien recogiera más pepa, a quien alzara el bulto más pesado”. “Nos enseñaron a contar con pepas de café, con granos de pergamino, y la primera palabra que vi en el tablero fue: café”. “Para nosotros el cafetal era nuestra casa, aquí al cultivo no se le dice finca, sino casa, porque él nos amparaba”.

Las rondas de los desconocidos y misteriosos personajes, uniformados y silenciosos, terminaron en levantar una gran polvareda de sospechas menor, claro está, que la que levantó el helicóptero que comenzó a sobrevolar la región. Iba de un lado a otro con un “gran pipí colgando” y se detenía en puntos determinados. En los tintiaderos del marco de la plaza –donde se hacen negocios y se comentan y colorean rumores– se dijo que se había descubierto oro. La sospecha corrió envolvente como un remolino de esquina y no faltaron ingenuos que se dedicaron a excavar en los sitios donde los helicópteros se habían detenido. Los niños se arremolinaban cuando el aparato se acercaba y los viejos se alarmaron porque se suspendía sobre lo que llaman la Mama del Agua, nacedero de aguas. La gente no dejaba de hacer cábalas sobre el helicóptero que desentejaba casas y escuelas al aterrizar. Hubo una reunión con el alcalde de la época para que como autoridad informara de qué se trataba el bullicio. Dijo que nada sabía, a pesar de que lo habían visto en los carros de la compañía. Fue el primer síntoma de que había algo oscuro y oculto.

Támesis ha sido por tradición un pueblo sano. Sólo se recuerda a un bandolero liberal, al estilo de Chispas, llamado Hugo García, que la policía mató en el páramo y que bajaron desgonzado y ensangrentado en una mula. Lo tiraron en la mitad de la plaza para escarmiento. También pasó la guerrilla, pero nunca entró. “Tiraba más hacia Supía y Riosucio”. Hubo sí narcotraficantes de alto rango como Rodolfo Ospina Baraya, nieto de Mariano Ospina Pérez, que después de pagar cárcel en EE. UU. colaboró con Pablo Escobar llevando a los Galeanos –nacidos en Jericó– a la cárcel de La Catedral, donde fueron asesinados. Ospina reaccionó indignado contra el crimen y terminó trabajando con los Pepes y colaborándole a la DEA. Hoy vive en Chile. La gente asocia este caso con la introducción de los grandes cultivos de cítricos porque Alfonso Ospina, secuestrado y asesinado, fue uno de sus iniciadores en la costa derecha del Cauca.

De fuera de la región han llegado capitales a comprar fincas para plantaciones tecnificadas, al punto de que cientos de jornaleros son transportados diariamente desde Fredonia, Amagá y pueblos cercanos. La gente es muy prudente cuando se toca el tema. En el vecino municipio de Caramanta, tan vinculado a Támesis, Mario Uribe, el primo de Álvaro Uribe, compró a través de Héctor Estrada, un afamado caballista, muchas parcelas cafeteras para hacer una gran hacienda. En Valparaíso sí hubo un grupo paramilitar perteneciente al Bloque Cacique Pipintá, comandado por Iván Roberto Duque. Asesinaron a 17 muchachos dizque por drogadictos. Controlaban el corredor entre Supía y La Pintada. Solían parar en la hacienda Las Margaritas, que había sido de Alberto Uribe –padre del expresidente–, comprada por Estrada. Uribe era muy afecto a Valparaíso, pavimentó la carretera de La Pintada a Caramanta. Estrada amplió sus tierras sobre la carretera Valparaíso-San Pablo, estafando a los pequeños cafeteros. Les daba un adelanto para luego alegarles que el hectareaje no daba y que les iba mejor si dejaban las cosas así. Fueron 25 fincas a lo largo de 11 kilómetros. También tuvieron negocios de tierra en la zona Édgar Jaramillo y Alberto Uribe. Los bosques comerciales son otra actividad que preocupa a los tamesinos. Hay grades inversiones en pino pátula y eucalipto alrededor de la Mama de Agua: 400 o 500 hectáreas sembradas antes de que aparecieran los helicópteros, por la empresa Rinco, propiedad de los Navarro Ospina, también de los Ospina Pérez.

Hasta entonces sólo había sospechas e hipótesis vagas sobre la relación de los helicópteros con el agua, el oro, los cítricos, los pinos y los narcos, pero nada era claro hasta que la Asociación Agropecuaria de Caramanta (ASAC) descubrió que la Ley 685 de 2001 había autorizado en 2005 la concesión de 18.000 hectáreas de Támesis a la empresa B2Gold para la exploración de yacimientos de oro, zinc y otros metales. Después entró la Kedahda, que hacía lo mismo con nuevo nombre.

Entonces en 2008 se organizó la primera gran marcha para pedir una explicación concluyente. No se obtuvo. Las autoridades se evaporaron y a la gente se le enconó la espina. Hubo un paréntesis en que ni helicópteros ni carros volvieron a aparecer. Pero en 2010 entró una nueva empresa, la Solvista, que concentró su exploración en Caramanta y Jericó.

La respuesta fue la organización del Primer Foro Social Minero en julio de 2011 con la participación, o mejor, la presencia de la empresa, la Secretaría de Minas de Antioquia, Corantioquia. En la reunión oímos hablar por primera vez del Cinturón de Oro y concluimos: el problema no es en Támesis, sino también en Quinchía, Marmato, Jardín, Caramanta, Valparaíso, Tarso, Jericó. Al mes siguiente se convocó una nueva reunión en el corregimiento de San Pablo y saltó a la mesa el tema del agua. Julio Fierro, un experto social en el tema, demostró que las perforaciones para explorar la cordillera afectarían los acuíferos y por tanto las aguas superficiales. De allí surgió una consigna que en adelante guiaría la protesta contra la minería: “Oro no, agua sí”. Nació la defensa del Cinturón Occidental Ambiental (COA), que determinó, con base en información de campesinos, que la nueva empresa había abierto 70 plataformas de perforación que permiten extraer muestras de la formación de los suelos en cilindros que son enviados a Toronto, sede de la AngloGold Ashanti, para ser examinados. Esas perforaciones no son sólo verticales, las hay transversales –en diversos grados– y horizontales.

tomado de: http://www.elespectador.com/noticias/nacional/de-tamesis-para-alla-articulo-688475

 

Lo que la gran minería destrozaría en el suroeste de Antioquia (I)

Por: Alfredo Molano Bravo

Las razones históricas por las que esta región conservadora se agita contra un proyecto minero de gran envergadura presentado como emblema de la Seguridad Democrática. Primera entrega.

El domingo pasado, el 97 % de los habitantes de Cajamarca le dijeron a la todopoderosa AngloGold Ashanti No a la explotación minera en La Colosa. “Queremos agua, queremos maíz, Anglo Gold Ashanti fuera del país” fue el estribillo que resonó durante varios meses en el municipio. El resultado supera el umbral exigido para que la consulta popular sea obligatoria y vinculante.

La empresa lamentó “que la región y el país no reciban los beneficios de un proyecto de minería limpia y responsable”. Es el mismo eslogan que divulga la empresa en el suroeste de Antioquia, donde adelanta trabajos de exploración desde el 2003 sobre el lomo de una especie de ramal extraviado de la cordillera Occidental llamado Cinturón de Oro, que se extiende entre Caramanta y Tarso y pasa por Valparaíso, Támesis, Palermo y Jericó. Es una región cafetera, conservadora y fervientemente católica. Álvaro Uribe, su gran jefe político, es considerado por su feligresía un verdadero santo, pese a haber sido quien otorgó a la Anglo las concesiones hoy rechazadas por buena parte de la población. En el suroeste se prepara una nueva consulta popular que los resultados en Cajamarca han alebrestado.

Recorrí hace poco el tal cinturón áureo conversando con campesinos y autoridades de Támesis, Palermo y Jericó, donde se concentran por ahora los operativos de exploración, y me encontré con la contradicción de una región conservadora por donde no han pasado las guerras ni las violencias, que se agita contra un proyecto minero de gran envergadura presentado como emblema de la Seguridad Democrática. Tal contradicción me llevó a esculcar la historia regional.

1. Entre Támesis y Jericó, en el corazón de las montañas del suroeste antioqueño, hay un corregimiento conocido como Palo Cabildo, una especie de púlpito sobre el río Cauca. Desde ese privilegiado mirador se ve gran parte de las tierras ganadas a la selva por la colonización del sur, tanto la que avanzó por la cordillera Central como la que lo hizo por la Occidental. La primera y más conocida partió de Rionegro y Abejorral a fines del siglo XVIII y tuvo que enfrentarse a las grandes concesiones territoriales de los señores Villegas y Aranzazu, y fundó Sonsón, Aguadas, Salamina, Pácora, Neira y Manizales. Una extensa región que va desde la desembocadura del río Buey en el Cauca, hasta el propio río Chinchiná, límites con Caldas.

La otra vertiente, la occidental, tiene una historia un tanto diferente. Se origina en colonos naturales de Envigado e Itagüí –y unos pocos de Rionegro– que abrieron las montañas de Titiribí, Amagá y luego fundaron Fredonia sobre territorios amparados por las medidas agrarias de Mon y Velarde (1778). Los colonos se establecieron haciendo rozas, sembrando maíz, engordando cerdos, y unos pocos afortunados se enguacaron con el exiguo oro encontrado en las sepulturas de indígenas caramantas, fronterizos con los quimbayas. A diferencia de las enormes concesiones territoriales en la cordillera Central, que enfrentaron a los colonos campesinos, en el suroeste los concesionarios Paniagua y la Echeverri terminaron negociando sus tierras con colonos y con hacendados.

Las vegas del río Cauca estuvieron desde ese entonces dedicadas a la ganadería, pero “de ahí para arriba todo era loma y montaña espesa”, y fue allí donde se establecieron “colonos de todas las clases”. Hacia 1834 fueron repartidas 12.000 hectáreas entre los pobladores de la llamada Colonia de la Comiá por iniciativa de la Asamblea de Antioquia, presidida por Mariano Ospina Rodríguez, uno de los padres del Partido Conservador. En la misma época fueron concedidas entre los ríos San Juan y Arquía 165.000 hectáreas a tres ricos de Medellín: Juan Uribe, Gabriel Echeverri y Juan Santamaría, llamados los “jamaiquinos”, conocida como la concesión Echeverri.

Estos hijos de “buenas familias” comerciaban entre Jamaica y Popayán y eran ganaderos en “tierras calientes”. Fomentaron la colonización de sus tierras con mestizos, mulatos indios y blancos pobres, y crearon una “sociedad de pequeños agricultores independientes y casi igualitaria”, a decir del historiador Jorge Orlando Melo. Los socios de la concesión Echeverri vendían tierra barata a cambio de trabajar en el camino entre Fredonia, Santa Bárbara, Caramanta y, Marmato, para apoderarse del comercio tanto de la zona aurífera como de la de Cauca.

2. La colonización del suroeste fue afirmada con la construcción de capillas y el establecimiento de parroquias. Hacia 1865 ya habían sido fundadas las de Valparaíso, Támesis, Andes, Bolívar, Jericó y Jardín. Hasta mediados del siglo XIX, Antioquia no era especialmente religiosa. El clero secular no era ni poderoso ni rico. Las guerras civiles obligaron a Antioquia a replegarse sobre sí misma y a fortalecer su identidad regional contra su rival histórico, Gran Cauca –liberal y guerrerista–, apoyándose en el conservatismo y en la Iglesia. Sello de esta alianza fue Mariano Ospina Rodríguez, hacendado, presidente de la República y defensor de Roma.

Una parte importante de colonos y hacendados de la colonización antioqueña del suroeste eran en verdad conservadores perseguidos por el liberalismo después del triunfo de Mosquera en 1861 en Usaquén y en particular el de Julián Trujillo en Los Chancos en 1876. Antioquia no fue escenario de grandes batallas en las guerras civiles. María Martínez de Nisser, la Marucha, una de las pocas mujeres que combatieron con armas en las guerras civiles, escribió: “Si en alguna parte de la república el pobre labrador huye del fusil es, sin duda, aquí (en Antioquia); él prefiere las cuevas o las asperezas de los montes, a la vida de soldado”. No sólo los campesinos se escondieron de la guerra, Mariano Ospina Rodríguez se refugió en Fredonia, donde fundó haciendas e inició el cultivo del café.

En las guerras de 1876 y 1885, Antioquia participó más activamente debido al condimento religioso que tuvieron. En la guerra de los Mil Días, los jefes conservadores enviaron varios –pero no numerosos– batallones a pelear contra los liberales fuera de su territorio. Entre 1910 y 1930, consolidada la Hegemonía Conservadora, tres de los seis presidentes de Colombia fueron antioqueños: Carlos E. Restrepo, Marco Fidel Suárez y Pedro Nel Ospina. Entre la guerra y la paz, Antioquia optó por los negocios y su economía se enrutó hacia el café.

En 1892, Antioquia tenía 1,5 millones de árboles de café en producción; en 1922 tenía cinco millones y en 1931, 850 millones. Los pequeños cultivos han predominado en la economía cafetera de Antioquia, pero los medianos han ido ganando terreno al debilitar tanto la pequeña como la gran caficultura. La productividad y la rentabilidad de la pequeña propiedad parcelaria tienden a ser mayores por el hecho simple de que la mano de obra familiar amortigua los costos de producción. De ahí que el tamaño de la familia esté muy asociado a la estabilidad de la economía cafetera. De ahí también el arraigo de los lazos familiares en Antioquia y por tanto la capital importancia que para sostenerlos tuvo y tiene la prédica religiosa. La economía cafetera con este abrigo se volvió también una cultura del café.

El cultivo comercial del café se inició en Rionegro hacia 1861 en la finca El Tablazo, de José María Jaramillo, con 2.000 matas, pero sólo tomó impulso a partir de la construcción del Ferrocarril de Antioquia. En 1877, había en Antioquia 328.500 cafetos, plantados en su gran mayoría en grandes haciendas. Fueron renombradas las de La Amparo, de los hijos de don Mariano, Tulio y Pedro Nel –futuro presidente–; Gualanday, de Rafael Uribe U.; Claraboya, de Manuel Mazuera; La Amalia, del expresidente Ignacio de Márquez. En 1888 la producción en Fredonia alcanzó 2.600 sacos de café pergamino, la mitad de los producidos en toda Antioquia. De Fredonia el cultivo del café se derramó loma abajo hacia el río Cauca y trepó por el flanco oriental de la cordillera Occidental: Támesis, Jericó, Valparaíso, Jardín, Andes, Bolívar. A fines del siglo XIX había plantados 270.000 árboles en Támesis y un millón de palos en Jericó

3. El suroeste no fue siempre exclusivamente cafetero. Las haciendas fueron también grandes ganaderías, sobre todo aquellas situadas en las “tierras calientes”. Gabriel Echeverri en su Túnez llegó a tener mil novillos. Santiago Santamaría, su socio, negociaba con los colonos la tumba de montes de su pertenencia y los primeros cultivos de maíz, a cambio de hacer potreros con pasto pará. Las ganaderías de Santamaría se extendían entre el río San Juan y el Piedras, “un mar de verdura para el encanto de sus dueños”. En Jericó (Río Piedras) pastaban 25.000 reses. Estos dos empresarios ensayaron, sin éxito, el cultivo del tabaco y el añil.

En el suroeste la minería fue una actividad marginal. Ni los conquistadores, ni después los mineros, se interesaron en la región, porque no había afloraciones ni salados de renombre. No obstante, en La Comiá y en el río San Juan se explotaron algunos aluviones que jalonaron la colonización antes de 1860. En la Montaña de Caramanta, el tan mentado don Gabriel Echeverri se benefició de filones de oro y plata que eran en realidad prolongaciones de los grandes yacimientos de Supía y Marmato.

La economía parcelaria se defendió con la siembra de maíz y fríjol y el engorde de cerdos. Era tal la abundancia de maíz -–apunta el padre Gómez Ángel, uno de los principales terratenientes de la región–, que el precio se mantenía por el suelo y “todos prefieren criar y engordar cerdos que hacen el surtido del mercado de Medellín”. Frisoles, arepa y marrano se constituyeron en la dieta básica que permitió quebrar la montaña y cultivar café. Con el café, aumentó el tamaño de la familia campesina y con este crecimiento, el poder de la Iglesia. De otro lado, los antioqueños vieron antes que nadie que la gran hacienda estaba amenazada por la resistencia de jornaleros y arrendatarios, tal como sucedió en Cundinamarca y Tolima a mediados de los años 1920. Se dieron cuenta también de que la ganancia del negocio estaba en la comercialización y de que era posible independizar la economía parcelaria de la red comercial. En busca del monopolio de la compra y la venta del grano se fundó en 1927 la Federación Nacional de Cafeteros, cuyo director entre 1930 y 1934 fue Ospina Pérez, presidente de la República entre 1946 y 1950, a quien Gaitán acusó de ser promotor de la Violencia.

Con la estabilidad de la economía cafetera se organizaron en cada pueblo congregaciones y se construían capillas e iglesias. El celo de la Iglesia encontró un campo fresco donde pastar sus ovejas La obra mayor de todas, la que domina el panorama religioso del suroeste, es el templo de Jericó –y sus 14 iglesias y capillas–, que comenzó a ser construido en 1873, inaugurado en 1895 e iluminado con luz eléctrica en 1906. En 1915 el papa Benedicto XV creó la Diócesis de Jericó y otorgó al templo la categoría de catedral. En 1917, cuando comenzó a mejorar el precio del café, llegó el primer obispo, pero un año después se descubrieron fallas en la estructura del edificio.

En 1946 se demolió la catedral y se inició la construcción de la nueva, de estilo neorrománico, de 2.500 metros de construcción y 600.000 ladrillos, gracias a las “próvidas limosnas” de campesinos cafeteros. Fue consagrada en 1969 por el arzobispo de Jericó, Augusto Trujillo Arango, gran orador sagrado. En la catedral fue celebrada en 2013 la santificación de la madre Laura Montoya, nacida en Jericó en 1874 y fundadora de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, órdenes duramente atacadas por monseñor Builes, llamado la Mitra Azul por su severa ortodoxia católica. Los colonos e indígenas a los que ella dedicó su vida acogen a las misioneras de la Madre Laura con cariño y las llaman simplemente “Lauritas”. En el suroeste no hubo “chulavitas” ni “pájaros”, la Violencia de los 1950 sólo desangró el noroeste, donde se construía la famosa Carretera al Nar, hacia el Urabá antioqueño –justamente donde la santa inició su misión–. En los años 1990 tampoco hubo guerrillas, pero sí presencia paramilitar.

La economía parcelaria cafetera facilitó un orden social equilibrado que debilitó conflictos prolongados que hoy parecen estar despuntando con la perspectiva de la gran minería. La AngloGold Ashanti, el gigante minero al que los gobiernos de Uribe y de Santos dieron carta blanca para explorar el cinturón de oro en el suroeste, extrajo cuatro millones y medio de onzas de oro –unas 150 toneladas– de sus 20 minas situadas en 10 países. En Colombia tiene el ojo echado –bajo la protección de nombres diferentes– también sobre Gramalote, Norte de Santander; Páramo de las Hermosas, entre Valle y Tolima, y San Roque, en el noreste de Antioquia, por ahora…

Tomado de: http://www.elespectador.com/lo-que-la-gran-mineria-destrozaria-en-el-suroeste-de-antioquia-articulo-688375

 

 

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