A estas horas en que escribo YA todo lo escrito sobre Chávez habrá sido leído.
Me queda lo que el hombre dejó en mí; siento el deber de escribirlo. Su muerte, tan deseada por muchos y tan lamentada por tantos, es el último duelo de una historia que comienza, para otros como yo, con el asesinato de Gaitán. Es un recuerdo, lo sé, pero un recuerdo con el que hemos crecido millones de colombianos. De Gaitán tengo vivas las llamas en que ardía Bogotá, reflejadas en el cielo que veía desde la finca en que nací; 64 años después esa hoguera no se apaga y he caminado sobre las cenizas y los rescoldos que dejó su muerte. Alguna vez descubrí que la única hora que no habían podido borrarles a los colombianos fue aquella trágica una de la tarde del 9 de abril; los viejos sabían qué estaban haciendo aquel día en aquella hora. Una manera de ser fieles.














