Por: Alfonso Insuasty Rodríguez* / El poder contemporáneo ya no se limita a disputar territorios, recursos o rutas estratégicas. Su expansión se dirige hacia la colonización del sentir y el pensar, la subjetividad se ha convertido en terreno de intervención política.
Emociones, percepciones y marcos simbólicos pasan a ser infraestructuras estratégicas. Las guerras culturales, la hiperconcentración mediática y las tecnologías de vigilancia algorítmica no son fenómenos aislados; configuran una arquitectura de control que incide directamente en la calidad democrática y en la posibilidad de deliberación plural.
Hiperconcentración mediática y erosión democrática
Organismos multilaterales han advertido de manera reiterada sobre los riesgos de la concentración excesiva de la propiedad mediática. La Organización de las Naciones Unidas, a través de la UNESCO (2017 - 2022) y de sus informes mundiales sobre desarrollo de los medios, ha señalado que el pluralismo y la diversidad de propiedad son condiciones estructurales para la libertad de expresión y la democracia, ha documentado que la alta concentración en América Latina limita la competencia, reduce la diversidad de contenidos y fortalece posiciones dominantes con capacidad de influir en agendas públicas y regulatorias.
Cuando pocas corporaciones controlan televisión, radio, prensa y, cada vez más, plataformas digitales, el problema trasciende el mercado, se estrecha el espectro de voces legítimas. La homogeneización de agendas transforma el espacio público en un circuito autorreferencial donde la discrepancia puede ser marginalizada o encuadrada como amenaza.
Este fenómeno se profundiza con la intermediación algorítmica. Grandes plataformas digitales, propiedad de conglomerados tecnológicos globales hiper-concentrados en pocas manos, no solo distribuyen contenidos, jerarquizan visibilidad o definen invisibilidad, mediante sistemas de recomendación basados en datos masivos. Así, la concentración empresarial se fusiona con la concentración infraestructural, no solo se decide qué se produce, sino qué circula, que no y a quién llega.
La narrativa como dispositivo de seguridad
En Manufacturing Misinformation (2025), Norman Lewis sostiene que en Europa se configura una “guerra contra el lenguaje”: un entramado de políticas públicas y financiamiento institucional orientado a monitorear y modular discursos considerados riesgosos. Más allá de las controversias que suscita su interpretación, el punto central es contundente: la gestión de la narrativa deja de ser un fenómeno mediático y se consolida como dimensión explícita de gobernanza.
Según Lewis, la Comisión Europea habría destinado cerca de €649 millones a más de 349 proyectos ejecutados por universidades, ONG y centros de investigación, configurando lo que denomina un “Ministerio de la Narrativa”. Entre los ejemplos que menciona se encuentran el Observatorio Europeo de Narrativas y el proyecto PROMPT, orientado al uso de inteligencia artificial para analizar y gestionar discursos vinculados a migración, cambio climático y la guerra en Ucrania.
El entramado, que incluye actores como Re-Imagine Europa, el CNRS, la Agencia France-Presse y la plataforma Sotrender, operaría en dos planos complementarios, diseñar algoritmos que jerarquizan contenidos y promover marcos interpretativos donde emociones y valores desplazan la verificación factual. A este proceso Lewis lo denomina “guerra contra el lenguaje”: la información deviene producto maleable y emocional, reconfigurando la percepción social de la realidad.
El núcleo de esta estrategia sería el control del “sentir-pensar”: quien desafía la narrativa dominante puede ser rápidamente encuadrado como difusor de desinformación o amenaza a la seguridad. En ese desplazamiento, el discurso institucional se convierte en dispositivo de poder capaz de estrechar el debate democrático y redefinir los límites de lo decible.
Esta lógica no se circunscribe a Europa. En Estados Unidos, diversas agencias federales han suscrito contratos con empresas de análisis de datos como Palantir Technologies para fortalecer capacidades de minería de información y análisis predictivo en seguridad nacional. Paralelamente, la empresa israelí NSO Group fue sancionada por el gobierno estadounidense tras revelarse el uso del software Pegasus para intervenir comunicaciones de periodistas y activistas (Graham, 2024). Estos casos evidencian la creciente imbricación entre tecnologías de información, vigilancia y seguridad.
En 2024–2025 se reportaron además contratos de comunicación estratégica orientados a influir en el entorno digital mediante producción masiva de contenidos optimizados para buscadores y redes sociales, con el objetivo de incidir en el encuadre del conflicto Israel-Palestina. Tales estrategias buscan modelar el ecosistema informativo del que se nutren tanto los usuarios como los sistemas de inteligencia artificial generativa, si los modelos aprenden de entornos saturados por determinados marcos narrativos, la disputa se desplaza al terreno del entrenamiento de datos.
Cuando la gestión informativa se integra formalmente a doctrinas de defensa, la narrativa deja de ser un asunto cultural y se convierte en vector estratégico. La propia Organización del Tratado del Atlántico Norte ha desarrollado el concepto de “guerra cognitiva”, entendida como la competencia por influir en percepciones, decisiones y comportamientos colectivos (Allied Command Transformation, 2023). En términos similares, el U.S. Department of Defense reconoce el “entorno informativo” como espacio permanente de confrontación estratégica (U.S. Department of Defense, 2020).
Según la OTAN, estas operaciones no requieren acciones cinéticas: buscan incidir directamente en el procesamiento de la mente humana, erosionar la confianza pública y afectar la estabilidad social sin disparar un solo proyectil. En este marco, la narrativa se consolida como infraestructura crítica del poder contemporáneo y como uno de los frentes centrales de la competencia geopolítica del siglo XXI.
Palestina: silenciando el Genocidio.
El Genocidio contra el pueblo palestino ofrece un escenario donde la dimensión informativa y la violencia material convergen de manera particularmente visible.
La Relatora Especial de la Organización de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos Ocupados, Francesca Albanese, ha presentado informes ante el Consejo de Derechos Humanos señalando que las acciones militares en Gaza cumplen criterios que constituye un Genocidio según el derecho internacional.
Su informe Anatomía de un genocidio, presentado en marzo de 2024, concluye que existen “motivos razonables” para creer que se han llevado a cabo actos genocidas como asesinato sistemático, daño grave físico o mental y la creación deliberada de condiciones que buscan la destrucción parcial o total de un grupo humano (ONU, A/HRC/55/73).
Además, Albanese ha denunciado la implicación de decenas de empresas internacionales en la economía del conflicto, señalándolas como beneficiarias de políticas que, según su análisis, sostienen o amplifican un sistema de violencia estructural contra la población palestina, bancos, aseguradoras, empresas de tecnología, armamento, alimentos, logística, etc.
En sus informes de 2024 y 2025 documenta no solo la devastación física, sino también patrones que describe como ataques sistemáticos contra infraestructura civil, universidades, periodistas; bombardeos, restricciones a la prensa, cierre o destrucción de centros académicos y campañas de deslegitimación, persecución y asesinato de comunicadores.
Este punto resulta crucial, la agresión no se limita al plano cinético, se extiende al terreno simbólico y comunicacional. Cuando se destruyen universidades, se restringe el trabajo periodístico y se desacredita sistemáticamente a voces críticas, el conflicto penetra el espacio donde se produce conocimiento y memoria. La disputa deja de ser únicamente territorial para convertirse también en epistémica.
En ese escenario, el control de la narrativa se intensifica. Universidades bajo presión política, medios condicionados por líneas editoriales alineadas con intereses estratégicos y plataformas digitales que moderan contenidos bajo criterios opacos configuran un modelo de control social expandido. La guerra no se libra únicamente en el terreno militar; se libra también en el relato que define víctimas y victimarios, legitimidades y silencios.
En este contexto, el gobierno israelí habría contratado a la empresa estadounidense Clock Tower X LLC por 6 millones de dólares para producir contenidos dirigidos a audiencias jóvenes en TikTok, Instagram y YouTube, con metas de alcance masivo en públicos occidentales (Sunna Files Observatory, 2025). El acuerdo, informado por Responsible Statecraft, se centra en la producción de grandes volúmenes de medios digitales, sitios web optimizados para búsquedas y contenido social destinado a amplificar el encuadre proisraelí en internet.
Los críticos advierten que esta práctica representa una escalada en la propaganda digital patrocinada por el Estado. Si, como se argumentó previamente, la competencia estratégica contemporánea incluye la gestión del entorno cognitivo, entonces la producción masiva y optimizada de contenidos no solo influye en la opinión pública inmediata, sino también en el ecosistema de datos del que se nutren los modelos de inteligencia artificial. Cuando los sistemas generativos aprenden de entornos saturados por marcos narrativos específicos, la disputa se traslada al propio proceso de entrenamiento algorítmico.
Así, el caso palestino no constituye una excepción aislada, sino una expresión concreta de una tendencia más amplia, la integración de la gestión informativa en arquitecturas de seguridad nacional. A medida que la IA se consolida como vía predominante de acceso al conocimiento, los intentos de moldear deliberadamente sus insumos plantean interrogantes estructurales sobre transparencia, rendición de cuentas y la posibilidad de que los Estados redefinan, de manera progresiva y poco visible, los límites del discurso público global.
¿A qué apunta todo?
El trasfondo geopolítico es claro, en un escenario de debilitamiento relativo de la hegemonía estadounidense y ascenso de potencias como China y Rusia, la disputa central ya no es solo económica o militar, sino simbólica. Está en juego quién define los marcos de interpretación del mundo.
La llamada “guerra cognitiva” alude precisamente a esa intervención deliberada sobre percepciones, emociones y decisiones colectivas. En este marco, la narrativa se convierte en arma estratégica. Controlar flujos de información, entrenar algoritmos, financiar observatorios de desinformación o articularse con grandes corporaciones tecnológicas no son acciones aisladas, integran una arquitectura orientada a asegurar ventaja en el terreno de la conciencia colectiva. La batalla no es únicamente por territorios, sino por el sentido.
¿Qué hacer?
Frente a ello, la defensa de una narrativa democrática encuentra sustento en los principios promovidos por la UNESCO, que sostiene que el pluralismo mediático y la diversidad de voces son condiciones básicas de una democracia informada. El pluralismo implica la coexistencia de medios públicos, privados y comunitarios, evitando que la concentración limite el acceso a perspectivas diversas.
La alfabetización mediática y la educación crítica son herramientas decisivas: sin ellas, el ecosistema informativo se reduce a consumo pasivo; con ellas, puede convertirse en espacio de deliberación y emancipación.
La hiperconcentración mediática, la gobernanza algorítmica y la securitización del discurso revelan una transformación estructural del poder. Si el control narrativo se consolida como política de Estado y estrategia corporativa, la disputa central del siglo XXI será cognitiva y simbólica.
Por eso, defender la diversidad mediática, exigir transparencia algorítmica y fortalecer la educación crítica no es una consigna abstracta, sino una práctica política concreta. Comprender las arquitecturas de poder que moldean la información y actuar para transformarlas es la tarea. Solo así la palabra dejará de ser instrumento de dominación y volverá a ser herramienta de emancipación.
*Docente investigador Universidad de San Buenaventura Medellin. Integrante de REDIPAZ y grupo autónomo Kavilando.
Referencias
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Albanese, F. (2025). De la economía de la ocupación a la economía del genocidio (Informe presentado ante el Consejo de Derechos Humanos). Naciones Unidas. Información general recuperada de: https://orain.eus/es/actualidad/internacional/2025/07/01/informe-la-onu-diversas-multinacionales-se-lucran-la-economia-del-genocidio-israel-en-gaza-cisjordania/
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Graham, E. (4 de junio de 2024). Pentagon’s AI office awards Palantir a contract to create a data-sharing ecosystem. Obtenido de NestGov: https://www.nextgov.com/defense/2024/06/pentagons-ai-office-awards-palantir-contract-create-data-sharing-ecosystem/397104/#:~:text=The%20Department%20of%20Defense%E2%80%99s%20Chief%20Digital%20and%20Artificial,will%20help%20the%20Pentagon%20with%20its%20c
Lewis, N. (2025). Manufacturing misinformation: Narrative governance in contemporary Europe. Londres. https://brussels.mcc.hu/uploads/default/0001/01/9fcfc904bd2e930bef107b7725b7f3ff9d0779d0.pdf
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Sunna Files Observatory. (2025). How “Hasbara” seeks to train ChatGPT to support Israel narrative. https://www.sunnafiles.com/76951-2/
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