Por: Alfonso Insuasty. REDIPAZ // En una intervención pública, el comandante del ELN, Antonio García, cuestiona la paz entendida como rendición y plantea que solo cambios estructurales, soberanía y participación popular pueden cerrar el conflicto histórico que atraviesa Colombia.
Paz sin transformaciones no es paz: el llamado del ELN frente a la crisis estructural colombiana
La crisis que atraviesa Colombia no es coyuntural ni accidental. Se trata de una crisis histórica y estructural que hunde sus raíces en la desigualdad social, la exclusión política, el despojo territorial y la persistencia de un modelo económico incapaz de garantizar condiciones dignas de vida para las mayorías. En este contexto, la reciente intervención pública del primer comandante del Ejército de Liberación Nacional (ELN), Antonio García, reabre un debate de fondo: ¿es posible una paz real sin transformaciones profundas del país?
En su comunicación pública, García plantea que la paz no puede reducirse a la rendición, la desmovilización o la pacificación forzada de los actores insurgentes. Por el contrario, insiste en que la paz debe ser entendida como un proceso político de transformaciones estructurales, orientado a garantizar la vida digna, la felicidad del pueblo y la superación de las causas que han alimentado el conflicto armado durante décadas.
El fracaso reiterado de la “paz por la vía de la rendición”
Uno de los ejes centrales de la intervención de García es la crítica a la lógica dominante del Estado colombiano, que históricamente ha concebido la paz como un problema de seguridad y no como un desafío social y político. Desde esta perspectiva, los gobiernos han apostado una y otra vez por estrategias de sometimiento, claudicación o desarme unilateral, presentadas como el “fin del conflicto”, sin modificar las estructuras que lo producen.
La experiencia histórica respalda esta crítica. La desmovilización del M-19 y de una parte del EPL a comienzos de la década de 1990 fue presentada como el cierre definitivo de la lucha armada en Colombia. Sin embargo, lejos de inaugurar una era de paz, esos procesos coexistieron con la profundización del paramilitarismo, el recrudecimiento de la violencia estatal y la imposición de un modelo neoliberal excluyente. Como recuerda García, incluso figuras emblemáticas de ese proceso aseguraban que las insurgencias restantes no sobrevivirían más de un año. La realidad desmintió ese diagnóstico.
Ni la “guerra integral” de César Gaviria, ni el Plan Colombia bajo Andrés Pastrana, ni la política de “seguridad democrática” de Álvaro Uribe lograron cerrar el conflicto. Incluso el proceso liderado por Juan Manuel Santos, reconocido internacionalmente con el Premio Nobel de Paz, se desarrolló en medio de una intensa confrontación armada y dejó intactos muchos de los factores estructurales del conflicto, como hoy lo evidencia la crisis de implementación del Acuerdo de 2016.
Narcotráfico, imperialismo y guerra permanente
Antonio García subraya además que el narcotráfico no puede ser analizado de manera aislada ni moralizante. Su persistencia está directamente relacionada con la economía política global, la exclusión rural y la instrumentalización de la “guerra contra las drogas” como mecanismo de control territorial y geopolítico. En este sentido, el ELN advierte que Colombia continúa siendo escenario de una amenaza imperialista, donde intereses externos, particularmente de Estados Unidos, inciden de forma decisiva en la orientación militar, económica y política del país.
La militarización permanente, lejos de resolver los problemas sociales, ha contribuido a su agravamiento: expansión del paramilitarismo, persecución política, criminalización de la protesta social y deterioro de las condiciones humanitarias en vastos territorios. Desde esta lectura, la paz no puede construirse sin cuestionar el papel de Colombia como enclave estratégico en la geopolítica regional y sin desmontar la doctrina contrainsurgente que ha orientado al Estado durante décadas.
Acuerdo Nacional y participación popular: una paz desde abajo
Frente a este panorama, el ELN reitera su propuesta de un Acuerdo Nacional, entendido no como un pacto entre élites, sino como un proceso amplio de participación social y popular. Para esta insurgencia, la superación del conflicto exige que la sociedad colombiana, campesina, indígena, afrodescendiente, urbana, juvenil y trabajadora, sea protagonista de las decisiones que definen el rumbo del país.
Este énfasis en la participación no es retórico. Se inscribe en una crítica profunda a los modelos de democracia restringida que han caracterizado a Colombia y que han bloqueado históricamente las vías de transformación pacífica. Desde esta perspectiva, la paz solo es posible si se traduce en cambios reales en el modelo económico, en el acceso a la tierra, en la democratización del poder político y en la garantía efectiva de los derechos sociales.
Una advertencia vigente
Recordando un frase que se dice atribuír a Albert Einstein, García recuerda que resulta insensato esperar resultados distintos repitiendo las mismas estrategias que han conducido al fracaso. Treinta y seis años después de la desmovilización del M-19 y una década después del acuerdo con las FARC, Colombia continúa atrapada en una crisis estructural marcada por la pobreza, la corrupción, la violencia armada y la ausencia de un proyecto nacional incluyente.
El mensaje del ELN, más allá de las posiciones que genere, interpela a la sociedad colombiana y latinoamericana: no habrá paz duradera sin justicia social, sin soberanía y sin participación efectiva del pueblo. El material audiovisual completo de esta intervención constituye, en ese sentido, una pieza clave para comprender los debates actuales sobre la paz en Colombia y para abrir una discusión regional sobre los límites de las paces administradas y la urgencia de una paz verdaderamente transformadora.
La paz sigue siendo el objetivo. Pero no cualquier paz: una paz con cambios reales, capaz de garantizar la dignidad, la vida y la felicidad de los pueblos.
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