Camilo Torres: horizonte de transformacion inconclusa.

Linea Formación, Género y luchas populares

Por: Alfonso Insuasty Rodríguez* / En 2026, declarado su año por la Universidad Pedagógica Nacional, el legado de Camilo Torres Restrepo irrumpe con fuerza en el presente: una convocatoria urgente a unir saber y pueblo, a tejer conocimiento y acción transformadora desde abajo, y a cambiar de raíz una sociedad que aún clama por justicia, paz verdadera y transformaciones estructurales.

 

 

Hablar de Camilo Torres Restrepo hoy no es un ejercicio de memoria pasiva, sino una toma de posición frente a los dilemas no resueltos de Colombia. La decisión del Consejo Académico de la Universidad Pedagógica Nacional de declarar el 2026 como el año dedicado a su legado no es un gesto simbólico menor, es el reconocimiento de una obra que desbordó los límites de la academia para situarse en el corazón de las luchas sociales y populares.

Camilo Torres encarnó una idea profundamente incómoda para el orden establecido: el conocimiento no puede ser neutral en una sociedad atravesada por la desigualdad. Como sociólogo y fundador de la primera Facultad de Sociología de América Latina en la Universidad Nacional de Colombia, apostó por una ciencia social comprometida, capaz de leer críticamente la realidad y, sobre todo, de transformarla. Su propuesta articuló de manera pionera la formación universitaria con la educación popular, integrando teoría y práctica, academia y territorio.

El propio reconocimiento institucional en 2026 subraya este rasgo central: su pensamiento entendió la educación como un proceso colectivo de concientización, participación y liberación, orientado a fortalecer la capacidad de las comunidades para comprender y transformar su realidad. No se trataba de formar élites ilustradas, sino sujetos históricos capaces de disputar el rumbo del país.

En ese sentido, su crítica a la academia mantiene plena vigencia. Camilo cuestionó una universidad distante de las mayorías, atrapada en debates autorreferenciales, incapaz de asumir su papel en las transformaciones sociales. Hoy, ese cuestionamiento resuena con fuerza ¿puede la universidad seguir siendo espectadora en medio de crisis estructurales?

Pero su pensamiento fue más allá del campo educativo. Camilo Torres dirigió un mensaje claro a todos los sectores sociales, estudiantes, trabajadores, campesinos, creyentes, profesionales. Su llamado fue a la unidad en la diversidad como condición para construir un proyecto de país. No una unidad abstracta, sino una articulación concreta de fuerzas sociales capaces de disputar el poder.

Sin embargo, también fue claro en identificar el principal obstáculo, unas élites cerradas, históricamente reacias a cualquier transformación real. Frente a ello, su postura fue radical en el sentido más profundo del término, ir a la raíz de los problemas. Denunció la imposibilidad de lograr cambios estructurales a través de reformas superficiales, señalando que, sin modificar las bases del poder económico y político, cualquier intento de cambio sería meramente cosmético.

De allí su insistencia en construir desde abajo. Para Camilo, la transformación no vendría de concesiones desde las alturas del poder, sino de la organización popular, de la capacidad de las mayorías para constituirse en sujeto político. Este énfasis en lo popular sigue siendo una de las claves de su vigencia.

Su concepción de la paz es otro de los elementos que lo proyectan hacia el presente. No entendió la paz como silencio de las armas, sino como resultado de la justicia social. Una paz sin equidad, sin participación, sin transformación de las condiciones estructurales, era para él una forma de continuidad de la violencia. Esta visión, hoy ampliamente debatida, encuentra en Camilo uno de sus antecedentes más lúcidos.

El reconocimiento institucional de 2026 adquiere un significado aún más profundo al coincidir con un hecho histórico largamente esperado, sesenta años después de su muerte en combate en 1966, sus restos fueron finalmente localizados, identificados y entregados dignamente, tras un proceso riguroso de investigación. Este acto no solo cierra una herida abierta en la memoria del país, sino que devuelve a Camilo al lugar que siempre reivindicó, el del pueblo y la historia.

Su decisión de integrarse a la guerrilla del ELN marcó un punto de no retorno. No fue un gesto impulsivo, sino la conclusión de un proceso de reflexión política y ética en su momento, en su contexto, ante la ausencia de vías reales para la transformación, optó por la lucha armada. Su muerte selló una coherencia radical entre pensamiento y acción que sigue generando debates, incomodidades y preguntas abiertas.

Hoy, se hace necesario promover el estudio y difusión del legado de Camilo Torres Restrepo mediante agendas investigativas, culturales y pedagógicas, en este contexto el verdadero desafío es impedir su neutralización. Camilo no puede ser convertido en símbolo inofensivo ni en memoria administrada, su pensamiento incomoda porque exige coherencia, compromiso y ruptura.

La tarea que dejó sigue abierta y arde en el presente, construir un país con justicia social real, donde la paz no sea retórica sino transformación concreta; donde la unidad popular no sea consigna sino fuerza material capaz de superar la fragmentación; donde la academia deje de observar y asuma su lugar en la disputa histórica; y donde las mayorías organizadas logren confrontar y limitar las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad.

Recordar a Camilo no es un acto de homenaje, es una toma de partido, es reconocer que la deuda histórica sigue vigente, pero también que su legado no pertenece al pasado, es una convocatoria activa.

No se trata de evocarlo, sino de continuar su lucha, de hacer de su palabra acción colectiva, de convertir su radicalidad en camino. Porque mientras persistan las injusticias que denunció, Camilo Torres no es memoria, es tarea, es horizonte y es transformación real.

*docente investigador Universidad de San Buenaventura Medellín, parte de REDIPAZ e integrante Grupo Autónomo Kavilando.

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